Por JUAN T H
Los pueblos no siempre tienen la razón.
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, es la mejor demostración. Logró el mayor número de colegios electorales, con 312, la mayor cantidad desde el 1988 para un candidato del Partido Republicano y el segundo presidente más votado detrás de Joe Biden, con más de 77 millones, un 49%, lo que le garantizó mayoría en el Congreso, que es bicameral, integrado por 535 legisladores, de los cuales 100 son Senadores y el resto, 435 Representantes.
A pesar de lo errática que su campaña electoral, de su discurso discriminatorio, chauvinista y racista, con un carácter volátil, propio de un sociópata, abiertamente misántropo, desequilibrado y enajenado, responsable del asalto al Capitolio que les costó la vida a varios ciudadanos. Con todos esos “atributos”, Donald Trump alcanzó la presidencia de la potencia económica, política y militar más poderosa que conoce la historia desde el Imperio Romano hasta hoy. ¡Insólito!
¿Cómo pudo haber sucedido algo semejante en un país altamente desarrollado, donde se encuentran algunas de las mejores universidades del mundo, incluyendo “Silicon Valley”, tal vez el principal centro de innovación, ciencia y tecnológico del planeta? Es ahí donde se encuentran gigantes como Apple, Google y Tesla, entre otras grandes de altísimo nivel tecnológico, inteligencia artificial, etc.
En ese contexto, democrático por demás, es donde no encaja un ególatra que se cree Dios, con el poder para decidir quien vive y quien muere, quién debe ser libre o esclavo. (“Después de mí, el diluvio”. Frase que se le atribuye al rey Luis XV, de Francia)
Trump hizo de la mentira mediática un arma política. Durante su primer mandato mintió en más de 30 mil ocasiones. Se le calculan más de 35 mil mentiras. Los medios de comunicación aseguran que miente deliberadamente 50 veces por día. (Hoy dice una cosa, mañana otra distinta. Cambia de postura política todo el tiempo. ¡No se le puede creer ni cuando dice la verdad!, como diría Joaquín Sabina.
¿Si lo hubiéramos sabido? Se estarán preguntando los que alguna vez creyeron en la buena fe de Donald Trump. ¡Ay! ¿Si lo hubiéramos sabido?
Lo mismo pudieron haberse preguntado los alemanes cuando le otorgaron el poder al protagonista de “la noche de los cuchillos largos”, al siniestro, igualmente sociópata y misántropo, y desequilibrado, Adolf Hitler.
¡Claro que los pueblos se equivocan! ¡Claro que no siempre los pueblos tienen la razón!
Hoy, la mayoría del pueblo estadounidense desaprueba la gestión del presidente Donald Trump. Más del 60%, por ejemplo, no está de acuerdo con la guerra en Irán. Creen que es una locura, que Estados Unidos no debió invadir ese país.
Según una encuesta de las reconocidas firmas como Reuters-Ipso, The Economist, para el 20 de marzo de este 2026, entre un 36 y un 38% de la población, mantienen su respaldo al presidente Trump. Ese porcentaje continúa bajando según pasan los días y se desarrollan los acontecimientos tanto en el Golfo como en el propio territorio norteamericano.
Los aliados tradicionales de Estados Unidos, atados económica, política y militarmente, esta vez han dicho no. ¡No a la guerra! “Esa guerra no nos pertenece! ¡No es nuestra! Y se han demarcado. Trump ha respondido indignado y furioso.
Los chinos y los rusos juegan su propio juego. Protegen sus intereses en la región, mientras Trump luce desesperado. No sabe qué hacer, ni como salir airoso. Irán no cede, no se rinde, no se entrega.
Este fin de semana el mundo fue testigo de la mayor concentración de repudio, jamás vista en la historia, contra un presidente. En efecto, en todos los estados de Estados Unidos, millones de ciudadanos indignados, entre 10 y 12 millones, según los medios, protestaron en las calles contra el hombre al que hace menos de dos años le otorgaron el poder casi absoluto. ¡increíble!
El presidente Trump está en su peor momento. Cada vez más errático, desenfrenado, desequilibrado. Se ha convertido en el peligro número uno de la humanidad.
Está en la “cuerda floja”, como un equilibrista a punto de caer en el vacío estrepitosamente, sin un colchón que lo proteja al caer.
No creo, como dije antes, que Trump concluya su mandato constitucional. El año próximo serán las elecciones para elegir a los nuevos miembros del Congreso. Es muy probable, casi seguro, que pierda el control de ambas cámaras. Si así ocurriese, el presidente sería enjuiciado políticamente, destituido y hasta encarcelado.
Los acontecimientos de los próximos días o meses dirán cuál será la suerte del mandatario. En estos momentos tiene “la soga al cuello”, como dice un narrador de béisbol de Santiago, más cibaeño que la “i” latina.

