La muerte de una niña de 14 años a manos de su propia hermana, ocurrida en San Francisco de Macorís, no puede leerse únicamente desde la óptica judicial.
Aunque el Ministerio Público haya impuesto tres meses de prisión preventiva a la imputada y el proceso legal continúe su curso, el país tiene la obligación de detenerse y mirar más allá del expediente.
Porque cuando la violencia ocurre dentro del hogar, entre hermanas, no estamos ante un hecho aislado ni ante una simple “tragedia familiar”. Estamos frente a un síntoma grave de fallas profundas en la educación familiar, emocional y social que estamos construyendo.
Este crimen no comenzó el día de los disparos. Comenzó mucho antes, en silencios prolongados, en conflictos no atendidos, en emociones reprimidas y en la normalización de la violencia como forma de resolver diferencias. Comenzó cuando dejamos de escuchar, de acompañar y de poner límites claros en la crianza.
La familia sigue siendo la primera escuela. Sin embargo, hoy muchos hogares operan desde la urgencia y el cansancio, delegando la formación emocional a las pantallas y a la calle. Hemos confundido amor con permisividad, libertad con abandono, y presencia física con acompañamiento real. Y ese vacío, tarde o temprano, pasa factura.
Nuestros niños y adolescentes crecen expuestos a un entorno donde la agresividad se viraliza, la violencia se consume como entretenimiento y el conflicto se resuelve desde la humillación o la fuerza. Las redes sociales, la música y algunos contenidos mediáticos no son la causa única, pero sí amplifican conductas cuando no existe una base sólida de valores y educación emocional en el hogar.
Uno de los grandes ausentes en esta tragedia es la educación emocional.
En las escuelas se enseña a sumar y a restar, pero no a manejar la ira, los celos, la frustración o el dolor. No se enseña a pedir ayuda ni a resolver conflictos de manera sana. Seguimos tratando la formación emocional como un complemento, cuando en realidad es una urgencia social.
Este caso nos obliga a hacernos preguntas incómodas, pero necesarias: ¿qué herramientas emocionales estamos dando a nuestros jóvenes?, ¿qué modelos de comportamiento están internalizando?, ¿y qué estamos normalizando como sociedad?
No se trata de buscar culpables individuales ni de alimentar el morbo. Se trata de asumir responsabilidades colectivas. De entender que prevenir siempre será más humano y más efectivo que castigar cuando ya es tarde.
Urge fortalecer la orientación familiar, incorporar la educación socioemocional de manera obligatoria en las escuelas, y exigir mayor responsabilidad a los medios y plataformas en los contenidos que consumen nuestros jóvenes. Urge, sobre todo, volver a mirar a nuestros hijos con tiempo, con escucha y con límites claros.
Una niña murió. Una familia quedó rota para siempre.
Si como sociedad seguimos igual después de esto, entonces el problema no fue solo ese hogar. Porque cuando la violencia nace en casa, la sociedad entera sangra.
Por Ana Bertha Pérez, M.A. Periodista, locutora, voice over y relacionista pública.

