Por JUAN T H
No creo que la República Dominicana haya habido un presidente adicto al trabajo como Luis Abinader, obsesionado con los objetivos de bienestar y desarrollo del pueblo dominicano, a toda costa, como si estuviera consciente de que los 8 años de mandato, 2.920 días, 70,080 horas 4, millones, 204,800, minutos, 250 millones 288,000 segundos, no le alcanzaran para cumplir con los planes que lo llevaron al Palacio Nacional, hace ya 5 años.
¡Cómo pasa el tiempo, mi hermano, y parece que fue ayer cuando la Junta Central Electoral anunció su triunfo! ¡Wao! El tiempo ha volado, como suele decir la gente. El nuevo gobierno nació como todo niño que primero gatea, luego camina y posteriormente desea correr.
Tener un adicto al trabajo como presidente de la República es mejor que tener a un vago, como el que tuvimos en el pasado reciente, que hizo mucho, pero para sí mismo y para los suyos del Comité Político y el Comité Central de su partido.
Dice el inmenso cantautor cubano universal que “el tiempo, el implacable, el que pasó, siempre una huella triste nos dejó, que aferrarse a las cosas detenidas es ausentarse un poco de la vida, la vida que es tan corta al parecer, cuando se han hecho cosas sin querer”. Y dice mi amigo entrañable Fafa Taveras, con justa razón, que lo único que no tiene solución es el pasado”.
El poeta nicaragüense-universal Rubén Darío, en su poema, “canción de otoño en primavera”, comienza diciendo: “Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! /Cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer…”
Nada es pues, más valioso en la vida que el tiempo. Es el mayor tesoro de un ser humano. Y muchas veces lo desperdiciamos, lo derrochamos en cosas vanas, juergas, borracheras y amores que van y vienen, con las manecillas del reloj.
He visto al presidente Abinader trabajar con esmero hasta 15 horas al día, todos los días, de lunes a lunes. No descansa un solo día, sea de asueto o no. Cuando llega a su casa, ya tarde de la noche, gran parte del tiempo sigue trabajando, hasta que su cuerpo se agota y el suelo lo asalta. En su hogar lee algunos informes, documentos, libros, etc. Nadie se imagina lo estresante y angustiante que es el día a día del presidente Abinader. Por suerte, digo, Raquel, su esposa, lo comprende y lo respalda. Supongo, no lo sé, que alguna vez reclama tiempo, intimidad, etc. Pero es parte de la cotidianidad.
No sólo en el Palacio Nacional, sino en su casa, Abinader se mantiene atento a los acontecimientos nacionales e internacionales. Puede llamar a un funcionario, civil o militar, a cualquier hoja, del día o de la noche, incluyendo la madrugada. Quienes lo conocen, lo saben. (Algunos funcionarios han recibido llamadas a las dos y tres de la madrugada, ven la llamada y no contestan hasta la mañana siguiente)
He participado en reuniones, viajado, tanto en su vehículo como en el helicóptero. En el trayendo va leyendo, llamando, preguntando como marchan los trabajos en Pedernales, la Circunvalación de Baní, Azua, la Isabel Aguilar, los acueductos, etc. Nada lo deja al azar, sin supervisar. No sé como hace tantas cosas, algunas al mismo tiempo.
Abinader quiere hacer más cosas de las que humanamente puede. Se lo he dicho en más de una ocasión. Dice que descansará cuando termine su mandato. Para entonces apenas tendría 61 años. Sin embargo, no creo que se tome un tiempo para tomar vacaciones. Seguirá trabajando, en sus empresas o en el partido, del cual pretende convertirse en su presidente a partir del año próximo.
Sin embargo, mucha gente no reconoce ni valora los esfuerzos y los sacrificios que hace el mandatario, a costa incluso de su propia salud y el bienestar familiar.
Escucho y veo en las redes sociales -que se han convertido en una cloaca- a muchos de los “nuevos líderes de opinión”, creadores de “contenidos”, despotricando, maldiciéndolo, difamándolo, injuriándolo, sin contemplaciones, como si no tuviera esposa, hijas, madre y amigos a los que les duele el trato que recibe. como si fuera huérfano de solemnidad, como si no mereciera respeto como ser humano y como presidente de la República, con el que se puede estar de acuerdo o en desacuerdo, pero manteniendo siempre el respeto que merece.
Luis Abinader no es, como algunos de sus antecesores, que hoy muchos defienden, a pecho y espada, un delincuente.
Abinader es, definitivamente, un adicto al trabajo. Valoro positivamente su encomiable labor en beneficio del pueblo dominicano. No podrá transformar las estructuras de poder del país; las desguindadas persistirán, la pobreza, el desempleo, la construcción de escuelas, hospitales, presas, universidades, etc. La deuda social que encontró el mandatario era muy alta. No se paga en cinco años, en 8 ni en diez. Haría falta una revolución radical, transformadora, que piense más en los pobres que en los “dueños del país”.
De todos modos, los dominicanos deberían valorar los esfuerzos que dimiariamente hace el presidente Abinader por el bienestar y el desarrollo de la República Dominicana. Hemos avanzado en estos cinco años, sin duda, pero aún falta mucho por hacer. ¡Mucho!