Henry Adams
POR: PERSILIA ZIJLSTRA PÉREZ – Educadora. Reside en Santo Domingo
Si volviera a nacer, volvería a ser maestra. No lo digo porque hoy sea el Día del Maestro ni porque suene bonito. Si la vida me regalara una segunda oportunidad, volvería a elegir un aula. Volvería a elegir las preguntas, las risas, los desafíos, las pequeñas victorias y también los días difíciles. Porque, a pesar de todo, no conozco una manera más hermosa de dejar una huella en el mundo.
Si hoy soy maestra es porque fui bendecida con maestros extraordinarios en cada etapa de mi vida. Los encontré en la escuelita Eduardo Estévez, de la comunidad de El Guanal; en la Escuela José María Serra; en el Liceo Librado Eugenio Belliard y en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Cada uno dejó en mí una enseñanza, un ejemplo o una palabra que contribuyó a la persona y a la maestra que soy hoy. Enseñar es mi manera de honrar ese legado y de dejar en otros un pedacito del corazón que ellos dejaron en mí.
Después de casi dos décadas en las aulas, sigo emocionándome cuando un estudiante descubre que sí puede, cuando se atreve a intentarlo y comprende que es mucho más capaz de lo que imaginaba. En esos instantes recuerdo que nuestra verdadera misión consiste en ayudar a las personas a descubrir su propio potencial. Precisamente porque amo esta profesión, también reconozco que nunca había sido tan desafiante ejercerla como ahora.
Sobre los hombros del maestro descansa una enorme responsabilidad. Formamos a quienes mañana sostendrán nuestra sociedad. Cada médico, agricultor, ingeniera, artista, científico, técnico, emprendedor o servidor público tuvo primero un maestro.
Con el paso de los años, las exigencias hacia nuestra profesión no han dejado de crecer. Hoy enseñamos, orientamos, acompañamos procesos emocionales, mediamos conflictos, incorporamos nuevas tecnologías y respondemos a necesidades que muchas veces trascienden las paredes de la escuela.
Poco a poco, responsabilidades que antes compartían distintos espacios sociales han terminado concentrándose en el aula. Educar siempre será una tarea compartida, pero el maestro continúa respondiendo con compromiso, entrega y la convicción de que cada estudiante merece una oportunidad. Porque eso es lo que hacemos, creemos en nuestros estudiantes incluso antes de que ellos crean en sí mismos. Repetimos una y otra vez ese “tú puedes”, que, en ocasiones, cambia el rumbo de una vida.
Pero así como existen momentos que llenan de satisfacción nuestra vida profesional, también hay otros que nos obligan a detenernos, reflexionar e incluso cuestionarnos. Si alguna vez algún resultado no reflejó tu entrega y dedicación, no permitas que ese instante opaque todo el camino recorrido. El verdadero valor de un maestro se construye a lo largo del trabajo de cada día, porque ahí no aparecen registradas las madrugadas preparando clases, ni los fines de semana dedicados a planificar, ni las conversaciones que evitaron que un estudiante abandonara la escuela; ni hablar del esfuerzo silencioso de tantos orientadores, psicólogos y técnicos docentes que recorren largas distancias para llegar a comunidades donde saben que alguien los espera. Conozco profesionales que cruzan puentes colgantes para brindar orientación y apoyo psicológico. Ese compromiso difícilmente cabe en una rúbrica.
No escribo estas líneas para cuestionar los procesos de evaluación. Toda profesión necesita revisar su práctica y encontrar oportunidades para crecer. Eso también forma parte del compromiso con la excelencia.
Nada sustituirá al maestro y nuestros estudiantes también lo saben.
Al finalizar el semestre, les pedí a mis estudiantes que realizaran un documental sobre el impacto de la inteligencia artificial en nuestras vidas. Entre los requisitos debían identificar una profesión que la IA jamás podría reemplazar. No me sorprendió que muchos coincidieran en dos: la psicología y la docencia. ¿Por qué? ¡Simple! La inteligencia artificial podrá responder preguntas, organizar información y producir contenidos. Pero jamás podrá mirar a un estudiante a los ojos y decirle con absoluta convicción: “Yo creo en ti”. Tampoco podrá ofrecer una palabra de aliento, inspirar con el ejemplo o despertar una vocación. Esa seguirá siendo una tarea profundamente humana.
Por último, no olvidemos a las familias de los maestros, especialmente a nuestros hijos. Ellos conocen una parte de nuestra vocación que pocas veces se menciona. Aprenden a compartir su tiempo de mamá o papá, a esperar mientras se corrigen trabajos o se prepara una clase. También ellos hacen sacrificios silenciosos para que otros niños y jóvenes encuentren en sus maestros una guía y una palabra de aliento.
Quisiera terminar estas líneas celebrando a mis colegas. A quienes, pese al cansancio, vuelven cada mañana al aula con la misma ilusión; a quienes siguen creyendo en sus estudiantes incluso cuando ellos mismos dudan de sus capacidades; a los que, con fe, paciencia y esperanza, siembran cada día semillas que muchas veces tardarán años en dar fruto.
No olviden nunca que enseñar es mucho más que transmitir conocimientos; es inspirar, acompañar, tender una mano y abrir caminos. Cuando las dudas lleguen, recuerden a ese estudiante que recuperó la confianza gracias a una palabra suya; al que descubrió un talento porque ustedes decidieron creer en él antes que nadie; y a esos antiguos alumnos que, años después, regresan únicamente para decirles: “¡Gracias, profe!”.
Esas son las huellas que realmente importan. Quizá nunca aparezcan en una estadística. Tal vez no reciban un reconocimiento público. Quizá nadie llegue a conocer todo el bien que hicieron.
Queridos maestros, siéntanse profundamente orgullosos de esas huellas silenciosas, ellas constituyen el legado más hermoso que puede dejar un maestro. La mayor obra de nuestras vidas nunca llevará nuestra firma; pero caminará por el mundo en cada buena decisión, cada sueño realizado y cada logro alcanzado por nuestros estudiantes.
Y si la vida me permitiera empezar de nuevo, volvería a ser maestra.

