Opinión-Juan Pablo Duarte
Cada aniversario del nacimiento de Juan Pablo Duarte invita al país a una pausa solemne. Se evocan sus frases más célebres, se depositan coronas en el Altar de la Patria y se pronuncian discursos cargados de emoción. Este 213 aniversario no ha sido la excepción. Sin embargo, el homenaje auténtico a Duarte exige algo más que rituales bien intencionados: demanda coherencia moral y compromiso cívico.
Duarte no concibió la patria como un acto simbólico ni como una consigna de ocasión. La entendió como una construcción diaria sostenida por la ética, la soberanía y la dignidad humana. Por eso, limitar su memoria a ceremonias formales sin imitar su conducta es reducirlo a una figura decorativa, despojada de su fuerza transformadora.
Su vida es, en sí misma, una denuncia contra la superficialidad del patriotismo. Entregado por completo a la causa independentista, defendió la libertad y la autodeterminación con una convicción que no admitía concesiones personales. Ese mismo compromiso lo condujo al destierro, a la incomprensión de su tiempo y, finalmente, a morir en el exilio venezolano, sumido en la más dolorosa pobreza. No hubo para él recompensas materiales ni reconocimiento en vida: hubo sacrificio, renuncia y fidelidad a principios innegociables.
La distancia entre el pensamiento de Duarte y la realidad nacional contemporánea es evidente. Su ideal de una República justa, libre de tutelas externas y gobernada por ciudadanos virtuosos contrasta con prácticas que, a menudo, erosionan la confianza pública y trivializan el servicio a la patria. En ese contexto, recordar a Duarte no puede ser un ejercicio nostálgico; debe ser un acto crítico.
Acercarse a su memoria implica preguntarnos cuánto de su ética vive en nuestras instituciones y en nuestra vida pública. Implica también reconocer que el patriotismo verdadero no se mide por discursos grandilocuentes, sino por la disposición a anteponer el bien común al interés personal, tal como él lo hizo.
La biografía de Duarte revela a un hombre íntegro, formado en ideas liberales, profundamente humanista y de carácter austero. Fue un líder sin ambición de poder, un patriota que prefirió perderlo todo antes que traicionar sus convicciones. Ese rasgo define la magnitud de su sacrificio: no luchó por gloria, sino por principios; no buscó honores, sino libertad.
Cada aniversario de su natalicio es una oportunidad para ir más allá del homenaje protocolar y reencontrarnos con el Duarte real: el ciudadano ejemplar cuya vida sigue siendo una lección incómoda y necesaria. Honrarlo, hoy, significa atrevernos a vivir la patria con la misma honestidad y valentía con que él la soñó y la defendió.

