A Kobe

Será una pena que donde quiera que estés, Kobe, no se juegue baloncesto,

Una pena que muchos no te vieran jugar como mariposa en el cielo,

Correr de un lado a otro de la cancha  como un leopardo en la sabana africana,

Saltar en cada extremo buscando el rebote como un Goliat,

Tomar el balón, danzar, bailar, moverte como una gacela en el horizonte,

Driblear como un mago en el circo pasándote el balón entre las piernas,

a la velocidad del rayo

Contorsionarte, detenerte en el aire como levitando.

Oh, sí, había que verte jugar con la bola como un genio sin lámpara.

Te movías como un bailarín clásico para esquivar al contrario,

burlar la defensa  y conquistar el aro,

Kobe, burlaste hasta la muerte con un balón en las manos.

¡Qué bárbaro!

Nadie podía defenderte: un giro a la izquierda o la derecha,

un paso adelante o hacia atrás. Un salto, una clavada, un disparo.

¡Vale tres!

Nadie como tú con el balón en las manos.

Eras el maestro de la burla, del escape en medio de todos,

Como un duende con el número 24 en su espalda.

Eras el mejor alejándote de tus perseguidores,

de los que te asediaban de un lado a otro para despojarte del esférico.

Había que verte, determinante, determinado, aguerrido, sin miedo,

como un espartano desafiando la historia del juego.

Avanzar hacia el canasto en libre penetración y donquear con un coraje único y salvaje,

Había que ver tu disparo de salto, como te elevabas y encestaba.

Eras un espectáculo dentro y fuera de la cancha.

Wao! Parecía que volabas ante la mirada atónita de tus adversarios.

Y se escuchaban los gritos ensordecedores, al unísono, de millones de fanáticos

  pronunciando tu nombre: Kobe, Kobe, Kobe, Kobe…

  Anoche me pareció verlo sentado sobre una estrella

que brillaba más que las demás.

Eras tú, sin duda.

Estabas triste.

Llorabas mirando el infinito.

Perdido,

Sin entender qué había pasado,

Sin saber dónde estabas,

Sin poder maldecir,

Sin poder retroceder,

Sin poder sentir las heridas,

Sin ver la sangre derramada,

Sin sentir el dolor que habías dejado

Estabas solo, Kobe, en aquella estrella resplandeciente,

rodeado de un silencio sombrío y mudo

habitado por fantasmas asesinos de la gloria.

 

Juan T H