Por JUAN T H
Es cierto, el presidente Donald Trump tiene el “derecho de no estar de acuerdo con el Papa León XLV” y cualquier otro mandatario; a lo que no tiene derecho es a la agresión, al irrespeto.
Es el mismo derecho que tengo yo y que tienen todos los hombres y mujeres del mundo, pero el presidente estadounidense se atribuye el derecho exclusivo a la disensión, al libre albedrio. Está convencido de que sólo él -y nadie más- tiene el “derecho” a opinar con propiedad, con certeza.
Al igual que la mayoría de los científicos de la conducta humana, psiquiatras y psicólogos, de Estados Unidos y del resto del mundo, el presidente Donald Trump tiene un trastorno mental muy grave que le impide ejercer el poder con ecuanimidad, tomando en cuenta los riesgos que corre su nación a hora de tomar sus decisiones, la mayoría de las veces de manera unilateral sin consultar al Congreso ni a los demás organismos de poder.
Con casi 80 años, el presidente de la principal potencia del planeta se nos presenta como un sociópata, mitómano, que, como se ha demostrado, miente todos los días, tergiversando, manipulando los hechos, amenazando con invasiones militares, con sanciones y aranceles.
No lo digo yo, lo dicen los expertos: Trump no está en condiciones mentales para dirigir un imperio como el de los Estados Unidos. Está fuera de sus cábeles. Su megalomanía es patológica. ¡Está loco!
La guerra contra Irán, desatada por Israel y Estados Unidos ha sido rechazada por la mayoría de los países del mundo, porque pone en riesgo la estabilidad política, económica y social de todo el mundo, incluyendo a sus aliados estratégicos tradicionales, sobre todo de Europa que se encuentran atrapados en un conflicto bélico sin sentido.
El presidente estadounidense reclama su “derecho” a estar en desacuerdo con él. Yo, humildemente, reclamo ese mismo derecho, el cual estoy ejerciendo en este breve artículo.
Como dijera el presidente mexicano Benito Juárez, el respeto al derecho ajeno es la paz. El derecho que tiene Cuba a su emancipación, a decidir el gobierno de su elección: el derecho a la autodeterminación, igual que Venezuela, México, Panamá, Corea, Rusia, China, España, Alemania, India, Pasquinan, Irán y las demás naciones.
Estados Unidos no tiene el derecho de hacerle la guerra a ningún país esté o no esté de acuerdo con su sistema de gobierno. Ningún país en el mundo ha progresado tras el paso de las botas de loa marines estadounidenses. Al contrario, solo dejan miseria, muerte, destrucción, pobreza y desolación. América Latina, su traspatio, es el mejor ejemplo.
El presidente Trump, reclama, exige el “derecho” a disentir del Papa. Es el mismo derecho que debe concederle a los demás, a los que no comparten su estilo díscolo, su falta de sentido común, su carácter volátil, su mitomanía, ni su psicopatía, porque, como dijera Benito Juárez, repito, “el respeto al derecho ajeno es la paz”.
Si queremos paz en el mundo, respetemos el derecho ajeno. Así de sencillo, así de simple. De lo contrario, tendremos guerra permanentemente, solo por no reconocer el derecho que tenemos todos a la disensión, al libre albedrío.

