Ramón Antonio Veras: Reflexiones sobre la convivencia y el comportamiento social en República Dominicana
Introducción: La importancia de la vida en comunidad
El aislamiento no es natural en los seres humanos; desde que la Tierra se volvió habitable, la vida en comunidad ha sido la forma esencial de coexistencia. Compartir un entorno social permite establecer vínculos diversos entre los miembros de una sociedad.
Las características individuales de cada persona están moldeadas por la organización social que determina su conducta. La individualidad y el carácter configuran la idiosincrasia de cada quien, reflejando su manera particular de manifestarse.
Una sociedad dominada por el individualismo genera comportamientos egoístas, falsos y codiciosos, carentes de bases ideológicas para la solidaridad, la generosidad y el altruismo, valores fundamentales para una convivencia armoniosa.
Es importante destacar que la conducta humana no se transmite de manera mecánica de padres a hijos, pues su naturaleza biosocial está influenciada por el entorno físico y social.
En el día a día, se observa claramente cómo el ambiente social impacta el comportamiento de los dominicanos y dominicanas, afectando su carácter en aspectos como el amor, la fidelidad, la bondad y la sinceridad.
Cuando la solidaridad y el respeto mutuo no se promueven, y la identificación con valores como la honradez, la integridad y la dignidad es débil, prevalecen la corrupción, la vileza y las conductas disolutas.
I. La imposición del desamor en la sociedad dominicana
De manera paulatina, el ambiente nacional se ha vuelto difícil, especialmente en la convivencia diaria. La antipatía y la intolerancia han ganado terreno, dificultando la confraternización y el entendimiento entre las personas.
La cordialidad, esa cualidad humana que impulsa la armonía, se está perdiendo. Ponerse de acuerdo y comprenderse se ha vuelto algo excepcional, mientras que las desavenencias y la desunión predominan sobre la camaradería y el afecto mutuo.
El orden social en República Dominicana ha sufrido un deterioro tal que la naturaleza dulce y tierna del ser humano se ha visto opacada por actitudes desagradables, que hacen dudar de la esencia sensible que debería caracterizar a la especie humana.
El engaño y la falta de autenticidad destacan en muchos, mientras que la lealtad y la verdad escasean. La alianza entre el artero y el simulador ha reducido la presencia de personas íntegramente sinceras.
El individuo áspero, poco sociable y retraído ha impuesto su conducta, sellando una cultura de reserva y dureza que rechaza la convivencia cordial.
El maltrato verbal y las expresiones que hieren emocionalmente se han vuelto comunes en la sociedad dominicana actual. La vejación y la humillación gratuita son prácticas frecuentes, mientras que el reconocimiento a los méritos es cada vez más escaso.
La hostilidad se ha convertido en una forma de vida para muchos, quienes prefieren la tirantez y la impertinencia antes que la cordialidad y el afecto.
La falta de amor y el desamor generan indiferencia y desapego, fenómenos que penetran profundamente en el comportamiento social dominicano. Solo quienes carecen de ánimo cultivan la apatía y la renuncia a querer.
Las conversaciones amenas y los encuentros fraternales son cada vez menos frecuentes. En cambio, predominan las expresiones ofensivas y humillantes, que dificultan la coexistencia basada en la fraternidad.
Es urgente eliminar la conducta implacable y feraz que muchos dominicanos y dominicanas han adoptado como norma. La reeducación para la compasión, la benignidad y la suavidad es imprescindible para lograr una convivencia más humana.
La verdadera amenaza no es solo la violencia o la delincuencia, sino el odio arraigado en la conciencia de amplios sectores sociales, que actúa como un distintivo corrosivo en la cultura dominicana.
El odio, el rencor y la aversión se han normalizado, convirtiéndose en un deleite para muchos que no encuentran motivo para vivir sin hostilidad hacia los demás.
Es común observar cómo sectores de la sociedad expresan su descontento y aversión hacia personas que ni siquiera conocen, fomentando así una cultura de maledicencia y condena infundada.
Las palabras hirientes y denigrantes se han vuelto moneda corriente, alimentando un ambiente social tóxico y divisorio.
II. La necesidad de erradicar el aborrecimiento y fomentar la convivencia
Aunque no se pretende recrear un ambiente bucólico ideal, es fundamental esforzarse por formar seres humanos capaces de superar la realidad actual y elevarse como ciudadanos con valores de decencia, honor y ética.
Es indispensable revisar y transformar la base material que sostiene el actual orden social, ya que es esta la que genera los vicios y conductas que complican la convivencia en República Dominicana.
Los mejores hombres y mujeres del país deben liderar con decisión y entusiasmo la construcción de un nuevo modelo económico y social, basado en una ética que promueva relaciones humanas armoniosas y libres de perversidades.
Una sociedad civilizada no puede estar compuesta por personas que cultiven el odio y el aborrecimiento como norma. Aislar a quienes dañan la convivencia es esencial para vivir en paz, sin discordias ni resentimientos.
El país no puede seguir tolerando que sectores acomplejados culpen a los exitosos de su situación, fomentando así una cultura de envidia y mediocridad.
En el ámbito político, es urgente limpiar el escenario de la sinvergüenzonería, incentivando la participación de ciudadanos íntegros y responsables. Solo así se podrá rescatar la dignidad del ejercicio político en la nación.
Los hombres y mujeres de valor deben distanciarse de aquellos carentes de ética, quienes han dañado la política al convertirla en terreno de engañosos y oportunistas.
En el futuro, los líderes públicos dominicanos deberán ser personas sensibles, laboriosas y honestas, preparadas para servir a la sociedad con virtuosismo y dejar atrás la corrupción y la inmoralidad.
La realidad nacional exige sensibilizar y humanizar a quienes se han deshumanizado, difundiendo valores que conmuevan y suavicen actitudes duras. La familia humana debe actuar con compasión y no como bestias sin conciencia.




