¿Qué tanto saben los menores?

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Diego A. Sosa

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Conversando en un grupo de amigos salió el tema de las palabras poco comunes. Mencioné que ya era aceptado el vocablo ‘amigovio’ (una mezcla de amigo y novio). Dos jóvenes de 12 y 15 años dijeron al unísono: “Es mejor decir amigos con derecho”. La madre no podía creer que su pequeña hija supiera el significado y que usara la otra acepción.

¿A partir de cuándo debemos enseñar a nuestros hijos temas como el del dinero?

Algunos no recordamos qué tanto sabíamos, incluyendo muchas tonterías que nos decían otros que tampoco sabían, cuando teníamos ciertas edades. Tampoco nos percatamos de qué tanto sabían nuestros compañeritos a esa edad, si lo que deseamos es comparar épocas. No sé si hoy saben más, pero estoy seguro que tienen más acceso a información que antes era tabú.

¿Qué podemos hacer? Restringirles las fuentes puede ser una titánica tarea y posiblemente infructuosa. ¿Prohibir? Sólo piense en qué pasaba cuando sus padres le prohibían algo y verá si dio resultados… usted decide si sería su mejor camino. No fue el que escogí para mis hijos.

Mi libro más vendido, “Arco Iris Financiero”, tiene como coprotagonistas a dos jóvenes de unos 16 años. Hablan de finanzas personales con el anciano Ramón, protagonista de varios de mis libros. No es por casualidad que sean dos jovencitas las elegidas para hacer las preguntas financieras más agudas.

Cuando los jóvenes aprenden a usar el dinero desde temprano deberían de aprender a usarlo bien. Hoy se maneja dinero desde muy reducida edad. Ya sabemos que ellos tienen capacidad para manejar tantos temas: ¿Por qué no les enseñamos más de finanzas personales?

Intenté hurgar más en la profundidad de los temas que los jóvenes de hoy, o por lo menos, estos jóvenes con quienes compartía, tenían. Tanteando por aquí y por allá me percaté de que saben mucho más de lo que sabía a su edad. Estoy seguro que las fuentes consultadas son mucho más científicas de las que yo tenía a mano (amiguitos contemporáneos). También me di cuenta que no pararán de recibir conocimientos (¿cómo dudarlo si esa misma niña desde los 8 años lee mis libros!).

Aproveché la ocasión y los hice preguntarse muchas cosas… no de lo que sabían, sino de las opciones que podían utilizar en caso de dudas, de los peligros que existen en las redes, de las malas intenciones que muchos pueden tener, de la inocencia natural por ignorancia de peligros que ellos portan.

Mi intención era clara, sembrar la semilla del análisis en ellos, y fomentar la comunicación con sus seres de confianza extrema, sus padres, tíos y abuelos, principalmente; sus mejores guías y orientadores… a pesar de sus preconceptos y diferencias generacionales deben convertirse en su mejor fuente de consulta; ellos nunca los engañarán y siempre le dirán algo para protegerlos, nunca por mal.

¿Se atreve conversar con sus menores sin cerrarse a lo que ellos puedan saber?

Por Diego A. Sosa

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