Brett Brown diseña la jugada ganadora para los 76ers

El Wells Fargo Center se ha deslizado esta noche sobre la cordillera del Himalaya. Ambos equipos, sus 76ers, y quienes pretendían el asalto, los Timberwolves, han pasado por picos y valles durante los 48 minutos de tiempo regular. Finalmente, en el último suspiro y a instancias de la pizarra de Brett Brown, Philadelphia ha sido el último en aguantar en la cima y la victoria se ha quedado en casa. 91-93.

Dos mitades muy distintas, dos versiones opuestas y ambas cosas afectando a los dos equipos. Si algo ha marcado a sendos conjuntos esta noche ha sido la irregularidad dentro del mismo partido; y puede que ahí se escondan varias de las razones que hace que tanto uno como otro deambulen donde deambulan en la tabla.

Primera parte para los Sixers

Los pupilos de Tom Thibodeau arrancaron la velada con la puntería totalmente perdida, hecho que se prolongó hasta prácticamente el descanso, especialmente desde la larga distancia: 0/10 en triples pintaba su estadística. Por contra, el equipo de la afición tuvo dos primeros cuartos muy inspirados en los que la dinamita corrió a cargo principalmente de dos de sus hombres altos, Joel Embiid y Ersen Ilyasova.

El novato de mes de diciembre no deja de estar de dulce. Va a más y a más. Había ganas de volver a verle frente a Karl-Anthony Towns, quién en su último enfrentamiento le comió la tostada. El duelo personal, lejos de defraudar, ha generado chispas que casi terminan en incendio. Ambos tienen ganas de demostrar que son el mejor pívot de la nueva generación.

El center camerunés empieza a tener una jugada marca de la casa a la que pronto habrá que poner nombre. Esta nace en el vértice del perímetro. Gracias a su tiro de tres, que roza el 40%, tras recibir ahí en estático juega con dos opciones: el tiro y el amago; y en función de la reacción del defensor —sobre todo si éste cede a la finta de lanzamiento— se adentra o no en la pintura y trata de finalizar o, en caso de verse apurado, busca el pase abierto. Resultado de esto y de su persistente juego al poste, Embiid cerró la noche con 21 puntos y 5 rebotes, 4 de ellos ofensivos, además de destilar en todo momento un hambre y entrega total.

Con mucha confianza desde que llegó traspasado a Philadelphia está también el turco. Iyasova vio desde el inicio el aro del tamaño de un cráter y no dejó de intentarlo; otros 19 puntos y 5 rebotes.

En la acera opuesta, la de los Wolves, las cosas no salían, el baloncesto no fluía, las acciones personales se atrancaban y los lanzamientos rebotaban casi todos contra el aro. Y así se llegaba al descanso con un 42-57.

Segunda parte de los Wolves

La obstrucción individual y colectiva seguía anegando a los Timberwolves tras el descanso, llegando a reflejar el marcador un 44-70 que parecía definitivo. Pero justo antes sucedió la jugada. Su autor fue Towns, quien amagó con dejar la pelota hacia fuera, y engañó a su par adentrándose en la pintura y machacando el aro de forma especialmente virulenta fruto de la frustración del luminoso. Y a partir de ahí sus compañeros y él mismo se encendieron. Desconcertados, los Sixers dudaron, y comenzaron a fallar.

Un brutal parcial de 19-2 a favor de los lobos reiniciaba un partido cuya placa base ya se enfriaba. LaVine, 28 puntos, retomó su romance con la red con su fluidez habitual, además de buscar el aro mediante internadas agresivas; Muhammad aportaba sus 10 puntos del banquillo casi como único referente agitador de la segunda unidad en una rotación que Thibs tiene, últimamente, reducida a nueve jugadores.

En el último cuarto, cuando la remontaba amenazaba con ratificarse, reaccionaban los Sixers a base de defensa, orgullo, pundonor y un Embiid que agitaba los brazos e incitaba a una afición que amenazaba con desmoronarse.

Los cuatro últimos minutos fueron un espectáculo por parte de los dos pívots, buscándose las cosquillas mutuamente y convirtiendo el duelo de equipos casi en un pulso personal. Ambos taponaron y ambos vieron como el otro encestaba en sus plenas narices. Precioso. Una rivalidad que nace este año y puede prolongarse, si Dios y las lesiones quieren, durante una década.

Final de infarto

Pero entonces les volvió a ocurrir. Todo lo bueno como equipo que habían hecho los de Minneapolis, bien dirigidos tanto por Ricky Rubio, Kriss Dunn como por Zach LaVine, volvía a transformarse en aclarados y dobles defensas contra Wiggins y Towns cuando por fin contaban con posesiones para ponerse por delante. Ahí, la remontada se colapsó.

Con la tensión atrapando cada partícula de aire, se entraba en el último minuto de partido. Dos tiros libres convertidos por Bjelica reducían la distancia a un solo punto, 88-89. T.J. McConnell —titular ante la ausencia de Sergio Rodríguez—, osado en su 1,88, hizo una bella internada dejando una bandeja altísima sobre los brazos estirados, impotentes, de Towns. Minny necesitaba un triple para empatar.

No llegó a la primera, pues falló el dominicano, y Philly tenía la posesión con 30 segundos para el final del tiempo reglamentario. La estocada la intentaría dar Embiid, en un careo final por el cetro de la pintura. La acción la taponó, reboteó y ganó Towns, y Thibs pidió tiempo muerto.

Ricky, sereno

Brown sabía conocía los candidatos. LaVine es el mejor tirador, pero Wiggins y Towns tampoco son alérgicos a la bocina. Por eso quizás, nadie se centró demasiado en Ricky Rubio, quien, como es habitual, apenas se había atrevido a mirar el aro en todo el partido.

Pero, esto es lo hermoso del básquet, fue él y su nefasto 27% desde el triple esta temporada, quién colocó el empate en el marcador, volviendo loco a su banquillo y silenciando a un Wells Fargo que dibujaba, casi al unísono, una sonrisa de incredulidad.

Ya es, por cierto, la segunda vez que nadie le espera y, sin embargo, el español no falla. Lo hizo la temporada pasada ante OKC y hoy lo ha vuelto a repetir. Ricky, un jugador acostumbrado a crecerse ante los retos, muestra la mejor versión de su principal defecto en el cluch.

La pizarra

Al ver esta jugada es casi imposible evitar el deja vu. Mejor dicho, los deja vus. Uno nos transporta a un Memphis-Sacramento y a un Courtney Lee decisivo. El otro a un, todavía más mítico, Heat-Celtics con Rajon Rondo como héroe inesperado.

Brett Brown, no me extrañaría en absoluto, recorrió esas jugadas en su mente antes de dibujar la suya propia en la pizarra. La responsabilidad y la gloria recayó en esta ocasión sobre un Robert Covington silbado y aclamado a partes iguales por su público toda la noche debido a, muy en parte, lo aciago de su tiro durante todo el encuentro (4/14 en tiros de campo y 1/9 desde el triple).

Pero el alero atrapó el pase, nada fácil, de Dario Saric, y flotó en el aire durante una eternidad para dejar una bandeja que valía un partido. Las dos décimas que restaron a los Wolves fueron insuficientes, y el duelo de las catacumbas que merecieron ganar y perder ambos, se lo llevó, en esta ocasión, la mejor de las pizarras.

 

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