Reynaldo Peguero
En la sierra próspera de la provincia Santiago Rodríguez, el agricultor propietario de extensos territorios, Julito García, advertía “cuídense de la cabeza sin oficio, porque la vagancia, la transforma, en una oficina del diablo”. Así recitaba sus evangelios populares, el abuelo materno de Mariana Moreno, mi compañera.
No había vuelto a escuchar la expresión, hasta que su excelencia reverendísima, monseñor Tomás Alejo Concepción, obispo de San Juan, la utilizara recientemente en las sesiones de apertura del potencial Plan Estratégico de Desarrollo Integral de esta provincia.
Ahí fui invitado a exponer, gracias a la visión asertiva del rector de la Universidad Federico Henríquez y Carvajal (UFHEC), doctor Alberto Ramírez Cabral.
Mentes sin oficio, generadoras de oficinas del diablo, es parte del compendio analítico, similar a “Siete Pecados Capitales”, “Gárgolas que profanan templos” y La Iglesia en manos de Lutero”, entre otros. Son opúsculos en los que pretendo, examinar críticamente, la conducta humana.
Formas de mal comportarse que, a pesar de buenos planes, estrategias y proyectos, por sí mismas, inmovilizan, trastocan y desvirtúan, el exitoso curso de muchos procesos. Sean estos realizados por gobiernos, ayuntamientos, empresas y comunidades.
Valoraciones, que desde Erasmo de Róterdam y su “Elogio de la locura” (1511), hasta “La amenaza de la estupidez” de Dietrich Bonhoeffer (1943), son consideradas obras de culto en esta temática.
Para muchos filósofos modernos, enfrentamos una «epidemia de estupidez». Una “estupidemia” que es una amenaza para la democracia. Michael Klein y otros, subrayan que este fenómeno está mediado por la falta de pensamiento crítico, impulsado por las facilidades de las redes sociales, el ChatGPT y otros algoritmos.
La estupidez moderna es incluso peor que la estupidez clásica. La estupidez se entendió por años, como falta de talento. En cambio, la estupidez actual es más compleja porque se basa en las redes sociales y la “santificación” de personajes, llamados “influencers”; maestros modernos de las mentes frágiles.
Si se escarban, las malas gestiones de ministros, funcionarios y líderes, se descubren asombrosas cabezas sin oficio. Su estupidez, los arroja al infierno de las conductas aviesas. Familias destruidas y entidades quebradas. Proyectos fallidos que sólo aportan segundos de placer generados por la lujuria, la gula y la avaricia.
Las mentes con buen oficio gestan el bien común. Crean riqueza intelectual y material. Fundan su desarrollo personal en el estudio-trabajo y la plena dedicación a transformar para bien, las cosas. Una mente bien empleada, aporta proyectos que concretan el municipio y la provincia que, entre todos, deseamos.

