Franklin Rosa
Es común escuchar en discursos políticos y desde ciertos sectores conservadores que la violencia social es el resultado directo del “quiebre de la familia”. Se nos dice que la pérdida de valores en el hogar es el motor de la criminalidad. Sin embargo, esta visión es, en el mejor de los casos, incompleta y, en el peor, una táctica para desviar la responsabilidad de quienes han diseñado el neoliberalismo que han impuesto en todo el mundo.
La Familia como Víctima, no como Culpable.
Atribuir la violencia a la descomposición familiar sin analizar qué causa esa descomposición es como culpar a la fiebre por la infección. La familia no se quiebra en el vacío; se quiebra bajo el peso de un capitalismo salvaje que ha priorizado la acumulación de capital sobre la dignidad humana.
Cuando las corporaciones y los gobiernos priorizan el lucro desmedido, lo primero que se sacrifica es la base material que permite a una familia prosperar:
Vivienda inalcanzable: Padres que deben trabajar jornadas dobles para pagar alquileres a usureros, ausentándose del hogar.
Salud y educación mercantilizadas: Servicios que dejan de ser derechos para convertirse en privilegios de consumo, hipotecando el futuro de los jóvenes.
Precarización laboral: La transformación del trabajador en un “proletario de miseria”, cuya existencia se reduce a la supervivencia mínima.
El Colapso Moral e Institucional:
Este sistema genera un vacío de autoridad moral. Cuando las instituciones —el Estado, la justicia, las empresas— operan bajo la lógica de la codicia, el mensaje que envían a la sociedad es claro: el éxito se mide por la acumulación, no por la ética.
Este colapso institucional crea el caldo de cultivo perfecto para la violencia. Al negar un futuro digno, el sistema empuja a los sectores más vulnerables hacia la marginalidad, creando lo que sociológicamente se denomina el lumpemproletariado. En este estrato, la violencia no es solo una elección, sino a veces la única herramienta de réplica o subsistencia en un entorno que ya los ha “liquidado” simbólicamente.
El Círculo Vicioso de la Codicia.
La acumulación capitalista extrema, genera pobreza material y una corrupción de la existencia. Al despojar a las personas de su propósito y de su red de seguridad. El sistema alimenta el resentimiento y la anomia social. La violencia, entonces, no es un fallo del sistema, sino un producto inevitable de una estructura que valora más las cifras de una corporación que la estabilidad de un hogar.
”La violencia social no empieza con la delincuencia en la calle, sino con el despojo de los derechos fundamentales de la sociedad y la familia.
Para detener la violencia, no basta con predicar valores morales a quienes no tienen qué comer. Es necesario reconstruir la base material de la sociedad. Mientras el afán de lucro siga aniquilando la capacidad de las familias para vivir con dignidad, la paz social seguirá siendo un horizonte inalcanzable. La solución no es “arreglar la familia”, sino frenar la voracidad del sistema neoliberal que la devora.

