Por Enrique Cabrera Vásquez
San Pedro de Macorís, RD. – Mis pasos me dieron vida y se hicieron huellas en senderos escarpados durante mi pubertad sublevada. Volverán desde el fondo de las tinieblas, asidos a la quietud de los difuntos, avanzando lentamente desde el misterio eternizado para desposar a la luna en su vigilia de amores y de mártires perdidos. Entonces seré una estrella nueva y mis pisadas se fundirán en el gentío, esa masa cuya prisa exhala bocanadas de olvido y avaricia sombría, una multitud que, en su ceguera, no alcanzará a percibir mi pasado épico ni mi presencia heroica marcada por vicisitudes estoicas.
Mis pasos deambularán solitarios en las madrugadas sin lumbre, buscando los refugios de la conciencia y los amores entregados en la espesura de mi vida. Allí, entre los fulgores de la memoria, resonará mi andar, y el fango que lo absorba se transformará en idea lozana, elevada en un vuelo de mariposas, como un blanco batir de gaviotas ascendiendo al cielo.
El amor se recuesta en demasiados brazos, la ternura se diluye en su propio desgaste y la vida se extenúa sin hallar el sosiego del amor de invierno. Los pasos atormentados vacilan, y ni siquiera el sol logra darles alcance.
Mis pasos quedarán convertidos en el anhelo de los sueños, en bosque, manantial y jardín de afectos, siendo humano antes que hombre, aunque vencido por el tiempo que todo lo reclama con sus tentáculos infinitos.
Mis palabras relampaguean airadas, denunciando cómo la corrupción ofende a la decencia. Se multiplican las voces crispadas, verdes de esperanza entre crespones negros, rasgando la conciencia enceguecida y señalando a una justicia corrompida que se rinde complaciente ante la ignominia.
La memoria convoca la gesta expedicionaria, el abril quisqueyano y al coronel de la gloria masacrada. Hoy aguardamos el retorno de aquellos héroes que habitan en las estrellas. Se alzarán nuevas trincheras con el sudor de su hazaña y murallas de voces patrias se unirán a esta marcha colectiva.
Los caídos de las gestas pasadas nos reclaman desde su epopeya y nos urgen a rescatar la patria del latrocinio que profana sus entrañas. En el despertar de la conciencia, mis pasos guiarán la columna portando la antorcha de los mártires, incendiando la oscuridad para que florezca la humanidad al recordar a los inmolados que el mundo olvidó.
Cesará entonces el tormento de los desdichados. Las cenizas de los pulverizados recibirán por fin los honores de la patria y, en el altar de los sacrificados, mis pasos tañerán como campanas en gratitud, exaltando con devoción eterna el sagrado legado de su sangre.

